115: Ella me aborrece.
Darwin.
—Dios, Ámbar… no sabes lo mucho que me haces perder la razón.
Me quedo recostado del marco de la puerta, observándola con fijeza; no sé por qué le ha puesto calefacción a esto, suda un poco y lo confirmo porque su frente brilla y sus cabellos rizados están pegados a esta, dándole un toque angelical.
Ese toque del que me enamoré con locura desde que la veía llegar todas las mañanas dispuesta a ganarse un plato de comida, cuando la veía caerse y levantarse por lo descuidada que era, cuand