Ariadna observaba el camino a Pereyra detrás de los eucaliptos que bordeaban la ruta. Desde la ventanilla de la camioneta, observaba los campos abiertos teñidos de verde, las flores silvestres mecidas por el viento... Volvía a su infierno personal.
—Mateo, ¿puede detenerse en la iglesia, por favo?.
—Sí, señora —respondió él con respeto, girando hacia la entrada de la capilla.
La camioneta se detuvo y Ariadna bajó con paso firme, aunque el corazón le palpitaba.
Empujó la puerta de madera, que ch