Alejandro se apartó bruscamente, como si el solo contacto con ella lo hubiese quemado. Retrocedió unos pasos, tambaleante, borracho no solo de alcohol, sino de una obsesión que lo había consumido por años.
—¡Mateo! —gritó con todas sus fuerzas, el nombre rasgando el silencio de la noche como un disparo.
En la cocina, el guardia apenas acababa de entrar cuando oyó aquel grito y, sin perder un segundo, corrió escaleras arriba. La puerta de la habitación estaba entreabierta; la empujó con fuerza.