Al día siguiente, Ariadna regresó a Pereyra. Se dirigió, deseaba hablar con el padre Aurelio.
—Buenas tardes, padre Aurelio —saludó con una sonrisa amable al ingresar al pequeño jardín de la iglesia.
El sacerdote levantó la mirada con calidez al verla.
—Hija... has regresado. Qué bueno tenerte aquí. ¿Cómo estás?
—Muy bien, padre, gracias. ¿Y usted? ¿Cómo marcha todo en las obras? —preguntó con genuino interés.
—Todo marcha según lo previsto. Justamente me dirigía hacia allí para supervisar. Ade