No te voy a dejar aquí, Noah. Aunque me odies el resto de tu vida, no voy a dejar que te mueras —las lágrimas empezaron a cegarme, pero la adrenalina de la emergencia me obligó a actuar.
Pasé mis brazos por debajo de sus axilas, intentando levantarlo, pero su torso era demasiado pesado, puro músculo macizo que se sentía como un peso muerto. Sabiendo que no podría subirlo a la cama sola sin lastimar su columna, tomé una decisión desesperada. Lo arrastré como pude, centímetro a centímetro, usando