—Buenas tardes, signora —comencé, y mi voz, aunque profunda y grave, sonó con una suavidad respetuosa que pareció apaciguar el pitido del monitor—. Es un verdadero honor conocerla al fin. Emma me ha hablado muchísimo de usted, de la fortaleza con la que la crió y del amor con el que protegió sus pasos. Mi nombre es Noah. Noah Moretti.
La anciana me miró con fijeza, y una chispa de comprensión brilló en sus pupilas castañas. Miró de nuevo a Emma, notando la camisa de lino que su nieta aún llevab