34. Explorando el placer
Esme sabía que aquél hombre era lo suficientemente listo para soportarlo sin que nada les pasara. Desabrochó su pantalón, sacó su miembro pantalón, y comenzó acariciarlo lentamente. «Si las miradas matasen... Estaría cincuenta metros bajo tierra», pensó, complacida.
Entonces se agachó, y lo tomo en su boca. Escuchó que gemía. Comenzó a succionar de arriba hacia abajo mientras su mano lo estimulaba, no supo cuánto tiempo duró aquello, pero la respiración de su amante griego se volvía cada vez má