El parque estaba tranquilo esa mañana.
Máximo llegó diez minutos después. Lo vio caminar hacia ella con pasos inseguros, con las manos en los bolsillos y el rostro pálido.
—Hola —dijo, sentándose a su lado en el banco. Su voz era un susurro.
—Hola —respondió Helena, sin mirarlo.
El silencio se alargó entre ellos, denso como una niebla.
Finalmente, Máximo habló.
—Gracias por venir. No sabía si lo harías.
Helena se volvió hacia él, y sus ojos se encontraron. Por un momento, el tiempo pareció de