Helena se despertó al día siguiente con una sensación extraña. No era miedo. No era tristeza. Era... expectativa. Le había dado una semana a Máximo, y aunque no esperaba gran cosa, una parte de ella sentía curiosidad por ver qué haría.
Bajó las escaleras y encontró el comedor vacío. Pero en la cocina, algo olía diferente. No a café recién hecho, sino a... ¿quemado?
—¿Máximo? —llamó, entrando en la cocina.
Y allí estaba. Su esposo, el poderoso Máximo Lombardi, CEO de una de las empresas más impo