La casa está en silencio cuando empiezo a ordenar la cocina, pero no es un silencio cómodo, ni siquiera neutro, sino uno que parece sostenerse con esfuerzo, como si dependiera de que nadie diga nada que lo quiebre del todo.
La luz sobre la mesada es cálida, constante, y todo tiene una apariencia de normalidad que, en otra circunstancia, sería suficiente para relajarme: los platos apilados junto al fregadero, el sonido leve del agua al correr, la tela húmeda que paso sobre la superficie en movim