Los Vance.
La mañana no cayó: se desplomó.
Entré al estudio sintiendo como si el aire se hubiera espesado durante la noche, como si el edificio hubiera absorbido miedo y ahora lo exhalara en forma de silencio.
No hubo saludos, ni movimiento normal. Solo miradas rápidas, bocas apretadas, susurros que se callaban en cuanto pasaba cerca.
Mi teléfono vibró por quinta vez antes de llegar al ascensor.
Sin remitente, sin metadatos, sin posibilidad de rastreo: “Mira atrás.”
No lo hice.
No porque no quisiera, sino