El Nombre.
No fue una revelación repentina. No hubo un momento exacto en el que todo encajara como una pieza final. Fue más bien una acumulación lenta, una presión constante detrás de los ojos, como cuando sabes que algo está mal pero todavía no tienes el lenguaje para nombrarlo.
Yo llevaba días revisando archivos antiguos, documentos que no parecían importantes por sí mismos, pero que repetían patrones: fechas corregidas, firmas duplicadas, nombres tachados con la precisión quirúrgica que solo los Vance