El Eco de lo Imposible.
La primera vez que escuché el sonido, pensé que era parte del sueño. Un golpeteo suave, intermitente, como el crujido de un mueble viejo. Pero cuando abrí los ojos, descubrí que no estaba en mi cama, ni en mi casa. El techo gris del estudio se extendía sobre mí, y el aire frío de la madrugada me envolvía los brazos.
Me incorporé de golpe.
El sofá. El maldito sofá azul que había puesto en mi oficina “para cuando Noah se cansara de jugar en el suelo”… pero que nunca había usado.
Yo tampoco debía