— Mi hija, no, no, ¡mi niña, no, ella es inocente, ella es inocente…! — comenzó a halarse los pelos, murmurando, gritando y de un momento a otro, hizo por abalanzarse entre las llamas a querer rescatarla.
— ¡Estás loca! ¡Morirás si entras ahí! ¡Vamos Grace, deben estar al venir, no pueden vernos aquí, vamos, tenemos que escondernos!— Albert estaba angustiado por la muerte de su hija, pero su cabeza aún seguía bien fría como para calcular y tramar.
Aguantaba a Grace y la halaba, intentando alejar