Cuando llegamos a casa, la noche ya pesaba sobre mis hombros como una lápida, una mortaja de oscuridad y revelaciones dolorosas. El aire estaba espeso con la tensión no dicha, una electricidad palpable que zumbaba entre Massimo y yo, a pesar de su estudiada indiferencia.
Massimo fue el primero en bajar del coche. Su figura alta y esbelta se movió con la misma gracia controlada de siempre, un autómata programado para la perfección. Mantuvo la compostura en todo momento, como si nada hubiese pasa