—¡Tienes que comer, Emma! —le grité exasperado y ella cruzó sus brazos, haciendo un puchero.
—¡Oblígame! —también me gritó, estando en el sofá.
—No me hagas perder la paciencia —advertí y puso los ojos en blanco—. ¡Ven a comer de una vez, maldita sea!
—¡Que no!
Pellizqué el puente de mi nariz y conté hasta diez. Dios, esta mujer me iba a volver loco.
—¿En serio harás que te obligue a comer, Emma? ¿Crees que tengo tiempo para esto? —dije y ella se encogió de hombros, mirando a otro lado—. Vamos