Poco a poco, Lucía comenzó a serenarse. Respiró hondo, intentando llenar sus pulmones con el aire frío del aire acondicionado del coche. Sin importar lo que él dijera o hiciera, no debía flaquear. Tenía que ser fuerte. No podía permitir que sus sentimientos tomaran el control. Todo esto era por los niños. Repitió aquel mantra en su mente, una y otra vez, hasta que los latidos de su corazón se calmaron y el calor en sus mejillas disminuyó.
Cuando el coche se detuvo frente al familiar portón del