Mientras la vida de Bianca tomaba un nuevo rumbo, ajena a los acontecimientos que se desarrollaban a su alrededor, en un lugar lejano, la noticia de su supervivencia había encendido una llama de furia.
George caminaba de un lado a otro en la lujosa sala de su mansión, el mármol bajo sus pies resonando con cada paso impaciente. Sus manos estaban apretadas en puños, y el rostro, normalmente impasible, estaba contraído en una mueca de ira. La noticia de que Bianca no había muerto lo había golpeado