Capítulo 4
Olivia

El coche quedó en silencio mientras avanzábamos por las calles de Puerto Dorado, con las luces de la ciudad desdibujándose tras las ventanillas.

Mientras tanto, observaba el perfil de Alexander, su mandíbula firme y nariz recta, preguntándome por qué se había detenido a ayudarnos. Todos los rumores sobre él en la empresa lo pintaban como un hombre frío, distante, al que únicamente le importaban los resultados.

Cuando llegamos al edificio de Emilia, Alexander se detuvo junto a la acera, con el motor ronroneando suavemente mientras engranaba el freno de estacionamiento.

—Aquí me quedo yo —anunció Emilia, recogiendo su bolso, luego se inclinó para abrazarme y aprovechó para susurrarme al oído—. Joder, Liv. Está buenísimo. Si quiere dejarte en coma por el polvo de esta noche, más te vale dejar que lo haga. La mejor forma de olvidar a Ryan es ponerse encima de este CEO. Coño, esas manos tienen pinta de saber lo que hacen.

Me aparté, lanzándole una mirada asesina capaz de derretir el acero.

"¿Qué?", articuló sin voz y una expresión inocente, antes de girarse hacia Alexander.

—Gracias por traerme, caballero andante versión Armani. Nos salvaste la vida.

—No ha sido nada —respondió él amablemente.

Emilia abrió la puerta y se detuvo un segundo para dedicarme otra mirada cargada de significado.

—Llámame mañana con TODOS los detalles —dijo, arqueando las cejas de forma obscenamente insinuante.

—Adiós, Emilia —zanjé, sintiendo que se me encendían las mejillas.

Me lanzó un beso y cerró el auto de un portazo, contoneándose de camino al portal de su edificio exagerando el contoneo de las caderas, sin duda para beneficio de Alexander.

Cuando el coche se puso de nuevo en marcha, me hundí aún más en el asiento de cuero, mortificada.

—Lo siento por eso, ella no tiene filtro.

Alexander me miró a los ojos por el retrovisor. —No tienes por qué disculparte, parece ser una buena amiga.

—La mejor —admití—. Aunque a veces tenga ganas de estrangularla.

Apenas curvó la comisura de los labios, en un amago de sonrisa que no llegó a formarse del todo.

—Esas suelen ser las mejores amistades.

Volvimos a quedarnos en silencio mientras él maniobraba por las calles de Puerto Dorado. Las luces de la ciudad se alargaban en líneas brillantes contra el cristal, creando un efecto caleidoscópico que encajaba con el torbellino de mis pensamientos. Noté que Alexander me miraba de vez en cuando a través del retrovisor, con una expresión indescifrable.

—A la izquierda en el próximo semáforo —le indiqué al acercarnos a mi barrio.

Él asintió e hizo el giro con suavidad.

—Ya llegamos —anunció, deteniéndose frente a mi edificio. No era muy lujoso para los estándares de PD, pero era un sitio limpio en una zona decente, apenas podía pagarlo con mi sueldo de ejecutiva junior.

Apagó el motor y para mi sorpresa, salió del coche para abrirme la puerta, luego me ofreció la mano para ayudarme a bajar; se sentía cálida, grande y firme cuando la tomé. El contacto me recorrió el brazo como una descarga.

—Gracias otra vez —dije, soltando su mano a regañadientes—. Por todo lo de esta noche.

Alexander me sostuvo la mirada por un momento, sus ojos grises eran intensos.

—Espero que consigas dejar atrás lo que ha pasado esta noche. Tu novio, o mejor dicho tu exnovio, claramente no valoraba lo que tenía.

Aquella inesperada amabilidad en su voz me hizo sentir un nudo en la garganta.

—Estaré bien —logré responder.

—Estoy seguro de que sí —asintió—. Alguien como tú no va a estar sola mucho tiempo, a menos que eso sea lo que quieras.

No supe qué contestar. ¿Alexander Carter, CEO de Carter Enterprises, estaba coqueteando conmigo? No, ese pensamiento era absurdo, solo estaba siendo cortés.

—Buenas noches, Olivia —dijo, retrocediendo hacia su coche.

—Buenas noches, Alexander. Y gracias por el viaje.

Asintió y volvió a deslizarse en el interior del auto. Me quedé mirando su automóvil hasta que las luces traseras desaparecieron en la esquina, entonces entré en el edificio.

El trayecto en ascensor hasta el cuarto piso se me hizo eterno. Con las llaves tintineaban en mis manos temblorosas, abrí la puerta y me adentré en la oscuridad del salón. Encendí la luz, dejé el bolso sobre la encimera y me quité los tacones de una patada.

El silencio en mi apartamento cayó sobre mí como un peso muerto. Hacía apenas unas horas me estaba arreglando para lo que creía que sería una noche especial con mi novio, pero ahora, todo había cambiado.

Me quité el vestido de cóctel negro y lo tiré directamente a la basura, nunca más me pondría algo solo porque un hombre dijera que me quedaba bien.

En el baño, me desmaquillé a conciencia. La mujer del espejo se veía agotada y con los ojos enrojecidos, pero despejados.

Poco después, me puse una camiseta enorme y me dejé caer en la cama, mirando el techo. El móvil vibró sobre la mesa de noche; seguramente era Ryan, dándose por enterado de lo que acababa de perder, así que lo ignoré.

¿Por qué lo había hecho? Llevábamos dos años juntos y se lo jugó todo por Sophia. ¿Se la habría estado tirando desde el principio? Las señales estaban ahí: las eternas noches de “trabajo”, los viajes de negocios improvisados, o el hecho de que siempre colocaba el móvil boca abajo cuando yo estaba cerca.

Había confiado en él por completo. ¡Qué imbécil había sido!

Mi teléfono volvió a vibrar y esta vez miré la pantalla, era Emilia.

"¿Llegaste bien? ¿El señor CEO hizo algún movimiento? Di que sí."

Le escribí: "Sí, ya estoy en casa. Y no, no hizo nada. Duérmete."

Su respuesta llegó de inmediato: "Aburrida. Pero en serio, ¿estás bien?"

"Lo estaré." Contesté, y me di cuenta de que lo decía en serio.

Solté el móvil sobre la mesa de noche y volví a quedarme mirando el techo con la mente desbocada a pesar del cansancio. Me resultaba imposible dormir, ya que cada vez que cerraba los ojos veía a Ryan embistiendo a Sophia, sus excusas patéticas y la expresión satisfecha de ella.

—Joder —susurré al cuarto vacío—. Dos años tirados a la basura.

Me giré, enterrando la cara en la almohada. Dos años de fiestas, Navidades, reuniones familiares, bromas privadas y más… todo manchado ahora. Pero otra imagen se colaba entre mis pensamientos una y otra vez: los ojos grises de Alexander Carter reflejados en el retrovisor.

Alexander Carter, el CEO para el que trabajaba, el hombre al que acababa de conocer justo cuando estaba hecha un desastre.

—Seguramente mañana ni se acordará de mí —murmuré, volviendo a quedar boca arriba—. ¿Por qué lo haría? Es el jodido Alexander Carter.

El techo no tenía respuestas.

Llevaba ocho meses trabajando en Carter Enterprises y jamás había intercambiado una sola palabra con él, aunque lo había visto cruzar el lobby con zancadas largas, pararse tras el podio en las reuniones generales, sonreír desde la web corporativa y recibir los informes anuales, siempre parecía distante, intocable.

Y ahora me había visto en mi peor versión: con el corazón hecho trizas y embutida en un vestido de zorra.

—Que gran primera impresión, Olivia. Súper profesional.

Resoplé ante mi propio sarcasmo, pensando que Alexander Carter jamás uniría la impresión de aquella mujer desaliñada con Olivia Morgan, ejecutiva junior de marketing. Además, vivíamos en universos distintos; él reinaba en la planta ejecutiva, con sus vistas panorámicas de Puerto Dorado, mientras que yo sobrevivía en mi cubículo, ideando campañas de redes sociales para productos que apenas podía pagar.

Me subí la manta por encima de la cabeza obligándome a cerrar los ojos, pero mi cerebro tenía otras ideas, conjuraba una imagen en la que me cruzaba con Alexander en el ascensor de la oficina. ¿Me reconocería? ¿Tendría el valor de darle las gracias otra vez? ¿Me miraría con esos intensos ojos grises y vería detrás de mi fachada profesional, a la mujer a la que había rescatado?

—Sí, claro —murmuré contra la almohada—. Seguramente rescata mujeres de tipos asquerosos todos los fines de semana. Debe de ser una afición típica de los hombres ricos.

Pero, ¿qué pasaría si se acordaba de mí? ¿Y si nuestros caminos se cruzaban en la cafetería o durante una presentación? ¿Qué demonios le diría?
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