Capítulo 3
Olivia

La mano me ardía tras golpear al tipo en la cabeza con mi bolso, pero no había sido suficiente. Emilia gimió cuando él le tiró el cabello con más fuerza, forzando su cabeza hacia atrás en un ángulo antinatural.

—¡Suéltala, pedazo de mierda! —escupí entre dientes, con el miedo y la rabia estallando en mi pecho.

—¿O qué? —se rio, su aliento apestaba a whisky—. ¿Vas a pegarme con tu bolsito otra vez?

Los otros hombres del coche ya estaban saliendo, sus movimientos eran depredadores y empezaban a rodearnos. El conductor, con el diente de oro brillando débilmente bajo la farola, dio un paso hacia mí.

—Vamos, nena, solo queremos divertirnos —sus ojos no se apartaban de mi pecho—. Vas vestida pidiendo atención, así que solo te estamos dando lo que quieres.

—Lo que quiero es que sueltes a mi amiga y te vayas de regreso a la cloaca de la que saliste —solté, retrocediendo hasta sentir un árbol a mi espalda.

—Uy, ella también tiene una boquita bien sucia —intervino otro, más bajo pero de hombros anchos, con una gorra de béisbol—. Eso me encanta, es más divertido cuando se resisten un poco.

El conductor se estiró para tocarme, rozándome el brazo con los dedos. No obstante, lo aparté de un manotazo.

—¡No me toques!

—Jugando a difícil, ¿eh? —se acercó aún más, acorralándome contra el árbol—. Qué tierna.

Emilia seguía forcejeando contra el agarre del hombre con el tatuaje tribal.

—¡Liv, corre! ¡Solo vete!

—No voy a dejarte —repliqué, buscando con la mirada cualquier cosa que pudiera usar como arma, estaba desesperada.

El conductor pegó su cuerpo al mío, apoyando una mano en el tronco del árbol, junto a mi cabeza.

—Tu amiga no irá a ninguna parte, y tú tampoco —estiró la otra mano hacia mi pecho—. A ver si se sienten tan bien como se ven.

Levanté la rodilla para pegarle con todas mis fuerzas, apuntando a la entrepierna, pero él giró en el último segundo y mi golpe apenas rozó su muslo.

—¡Puta loca! —me agarró la muñeca, apretando hasta arrancarme un jadeo de dolor.

De repente, unos faros iluminaron la escena y un segundo después, otro coche frenó en seco junto a nosotras. El motor se apagó y la puerta del conductor se abrió.

—¿Ocurre algún problema aquí? —una voz profunda cortó la noche.

Una silueta alta emergió de las sombras hacia el círculo de luz de un faro en la distancia, era un hombre de hombros anchos e imponentes, vestido con lo que parecía ser un traje carísimo. Se movía con una seguridad total que exigía atención.

—Ocúpate de tus cosas, hombre —gruñó diente de oro, aunque noté que aflojaba un poco su agarre en mi muñeca.

El recién llegado se acercó un paso más y se me cortó el aliento, incluso con aquella luz pobre lo reconocí al instante: era Alexander Carter, el jefe del jefe… de mi jefe. El CEO de Carter Enterprises, donde yo llevaba ocho meses trabajando como ejecutiva junior de marketing.

—Tengo entendido que estas señoritas les estaban pidiendo que las dejaran en paz —dijo con calma, pero con un filo de acero en la voz—. Les sugiero que las escuchen.

Diente de oro hizo una mueca. —¿Y qué vas a hacer si no queremos? Somos cuatro y tú estás solo.

Alexander ni siquiera pestañeó. —Cierto, pero ya llamé a la policía y vienen en camino. Seguro les interesará mucho un caso de cuatro borrachos agrediendo a dos mujeres en plena vía pública.

El del tatuaje tribal por fin soltó el cabello de Emilia y la empujó hacia delante.

—Lo que tú digas, colega. Estas putas no valen la pena.

Emilia tropezó hacia mí y la sujeté, atrayéndola hacia mi cuerpo.

—¿Estás bien? —le susurré.

Asintió, frotándose el cuero cabelludo. —Ese cabrón casi me arranca el cabello.

Diente de oro dio un paso hacia Carter, sacando el pecho.

—¿Te crees un héroe o qué? Solo eres un niñato rico en su carrito de lujo.

Alexander se limitó a mantenerle la mirada, sin moverse ni un milímetro.

—Me creo alguien que no le gusta ver cómo cuatro idiotas borrachos acosan a dos mujeres —dijo—. Ahora, pueden largarse por su propio pie o esperar a la policía. Ustedes deciden.

Por un tenso instante pensé que diente de oro le iba a soltar un puñetazo. En vez de eso, escupió al suelo, muy cerca de los relucientes zapatos de Alexander.

—Vámonos —murmuró hacia sus amigos—. Estas zorras no valen una noche en el calabozo.

Volvieron a amontonarse en el descapotable, un segundo después el motor rugió y diente de oro aceleró provocando un último estruendo de neumáticos.

Solo entonces, Alexander se volvió hacia nosotras. —¿Están bien?

De cerca era todavía más intimidante que en los eventos de la empresa. Alto, de rasgos afilados y unos penetrantes ojos grises, tenía ese tipo de rostro hecho para las revistas de negocios, en las que de hecho aparecía a menudo. A pesar de la hora, su cabello oscuro seguía perfectamente peinado, ni un mechón estaba fuera de sitio.

—Estamos bien —alcancé a decir, de pronto fui dolorosamente consciente de mi aspecto: el cabello revuelto, maquillaje seguramente corrido por el llanto de antes y ese ridículo vestido, que ahora me parecía una pésima idea estar usando—. Gracias por detenerse.

—¿Necesitan que las lleve a algún sitio? —preguntó, dejando que su mirada descendiera un segundo hasta mi escote antes de volver a mis ojos con rapidez.

—Nuestro taxi canceló —se quejó Emilia, aún masajeándose la cabeza—. Y mi novio no contesta el teléfono.

Alexander señaló su coche con la mano, era un elegante vehículo negro.

—Puedo llevarlas a ambas a casa, si quieren.

Vacilé, aquel era Alexander Carter, el hombre que firmaba mis cheques y cuyo nombre estaba en el edificio donde yo trabajaba, un hombre famoso por sus tácticas despiadadas en los negocios y su frialdad. Lo último que necesitaba era que se diera cuenta de que yo era una de sus empleadas, y menos viéndome así.

—Es muy amable de su parte —respondí con cautela—, pero no queremos molestarlo.

—No es ninguna molestia —replicó—. Preferiría que no se quedaran aquí después de lo que acaba de pasar.

Emilia me lanzó una mirada con las cejas alzadas que decía claramente: “¿Estás loca? ¿Rechazarás un viaje gratis en un cochazo con un tipo rico que está buenísimo? Di que sí”.

—Si está seguro de que no es molestia… —cedí al fin.

—En absoluto —abrió la puerta trasera—. Por favor.

El interior estaba revestido de cuero negro y superficies brillantes. Olía a colonia cara y a coche nuevo, una combinación embriagadora que me hizo dar vueltas la cabeza… o quizá era el bajón de adrenalina.

—Soy Alexander Carter —se presentó mientras se acomodaba detrás del volante.

—Soy Olivia —respondí, omitiendo deliberadamente mi apellido—. Y ella es Emilia.

—Es un placer conocerlas, aunque sea en estas circunstancias —encendió el motor, que ronroneó suavemente—. ¿A dónde las llevo?

Emilia le dio su dirección primero, luego le indiqué la mía.

—¿Noche complicada? —preguntó mientras se incorporaba a la calzada.

Emilia resopló. —Se podría decir que sí, estábamos en una fiesta de cumpleaños donde Liv pilló a su novio tirándose a la cumpleañera.

—¡Emilia! —protesté, muerta de vergüenza.

Los ojos de Alexander se encontraron con los míos en el retrovisor.

—Ya veo, siento oír eso.

—Está bien —murmuré, deseando fundirme con el asiento de cuero.

—No, no está bien —insistió Emilia—. Ryan es un cabrón infiel que se merece que se le caiga la polla a pedazos.

Una leve sonrisa tiró de la comisura de los labios de Alexander. —Supongo que Ryan es el exnovio.

—Desde hace apenas unos minutos, sí —confirmé, preguntándome por qué demonios estaba hablando de mi vida sentimental con el CEO de la empresa en la que trabajaba.

—Pues, por lo que pueda valer mi opinión —dijo, encontrando otra vez mi mirada en el espejo—, suena como un idiota.
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