Alexander
Dos meses antes.
Aparqué el coche en la entrada circular de la casa de mis padres y respiré hondo, preparándome para lo inevitable: la familia Carter.
La cena de los domingos en la mansión Carter, tradición tan antigua como los robles de la propiedad, era algo que temía y ansiaba a la vez.
La mansión se alzaba como un monumento al dinero antiguo, con fachadas de piedra y jardines impecablemente cuidados que gritaban: "Llevamos generaciones siendo ricos".
Mi móvil vibró con un correo del trabajo, pero lo ignoré. El trabajo podía esperar; las obligaciones familiares, no. Sobre todo cuando el abuelo Harold estaba de por medio.
Me ajusté la corbata y entré en la casa, donde Martha, nuestra ama de llaves de toda la vida, me recibió con una sonrisa cálida.
—Señor Alexander, todos le esperan en el salón. Su abuelo llegó temprano.
Eso nunca era buena señal, que el abuelo llegara temprano significaba que tenía una agenda prevista.
—¿Está Victoria? —pregunté, entregándole el abrigo.
—Sí, señor. Vino con su esposo, llegaron hace más o menos una hora.
Perfecto, mi prima Victoria y su marido banquero inversionista, Thomas: la pareja poderosa que jamás dejaba que nadie olvidara lo perfectas que eran sus vidas.
El salón hervía con las conversaciones, que se apagaron en cuanto entré. Mi madre se levantó del asiento, tan elegante como siempre, con su collar de perlas y su vestido entallado.
—Alexander, cariño. Ya empezábamos a preocuparnos.
Le besé la mejilla. —El tráfico estaba infernal, siento llegar tarde.
Mi padre asintió desde una butaca con su whisky en mano. —Hijo.
Así era mi padre: un hombre de pocas palabras, a menos que se hablara de negocios o de golf.
Victoria estaba encaramada en un sofá antiguo, con el brazo de su marido sobre sus hombros en ese gesto tan posesivo que siempre me resultaba irritante. Mi hermana Valentina también estaba allí, absorta en la pantalla de su móvil.
El abuelo Harold quien dominaba la estancia desde su silla de ruedas, a sus setenta y ocho años habría perdido movilidad, pero ni un ápice de lucidez o su instinto empresarial.
—Alexander —ladró—. Siéntate, tenemos que hablar.
Me senté frente a él. —Yo también me alegro de verte, abuelo.
—No te hagas el gracioso, muchacho. Llevo rato esperándote.
Victoria esbozó una sonrisita. —Algunos sí logramos llegar a tiempo, querido primo.
La ignoré.
—¿De qué se trata esto? Pensé que solo era una cena.
El abuelo Harold hizo un gesto despectivo con la mano. —La cena puede esperar, esto es sobre el futuro de Carter Enterprises.
Todos guardaron silencio: cuando el abuelo hablaba del futuro de la compañía, todos prestaban atención. Él había levantado Carter Enterprises llevándolo desde un pequeño negocio familiar hasta convertirlo en un imperio corporativo y, a sus setenta y ocho años, seguía teniendo la mayor participación y acciones de control.
—He estado actualizando mi testamento —anunció.
Mi madre dejó escapar un suave jadeo y mi padre bajó el vaso de whisky.
—Oh, por favor, no se pongan dramáticos que todavía no me estoy muriendo—soltó el abuelo—. Solo estoy poniendo mis asuntos en orden, y he tomado algunas decisiones sobre las acciones de la empresa.
Me incliné un poco hacia adelante. Como CEO, tenía una buena parte de la empresa, pero las acciones de control del abuelo determinarían quién la dirigía de verdad.
—Alexander —clavó su mirada acerada en mí—. Lo has hecho muy bien como CEO, los beneficios han subido y la junta está contenta, pero falta algo.
—¿Falta? —fruncí el ceño—. El último trimestre ha sido el mejor en cinco años.
—No hablo del negocio —golpeó el suelo con el bastón—. Hablo de familia, de estabilidad, de legado.
El marido de Victoria carraspeó con discreción y la sonrisa de ella se ensanchó.
—¿Qué está diciendo exactamente, abuelo?
Harold Carter se inclinó hacia delante en la silla.
—Digo que, para heredar mi paquete de acciones y tener el control de Carter Enterprises, tienes que estar casado en un plazo de seis meses.
La habitación estalló con diferentes reacciones; mi madre volvió a jadear y mi padre, esta vez sí dejó el vaso a un lado, Valentina levantó la vista del móvil y Victoria soltó una carcajada encantada.
—¿Casado? —lo miré fijamente—. No puedes hablar en serio.
—Es más que serio —replicó de forma imperturbable—. Carter Enterprises siempre ha sido una empresa familiar. Familia significa estabilidad, compromiso.
—Estoy comprometido con la empresa.
—Pero no con nada ni nadie más —negó con la cabeza—. Tienes treinta y tres años, Alexander. Sin embargo, tus relaciones duran menos que algunos de nuestros informes trimestrales.
Victoria fue incapaz de contenerse. —Esto es demasiado divertido. ¿Alexander se va a casar? Pero si no es capaz de mantener una novia por más de tres meses.
—Gracias por esa brillante observación, Victoria —repliqué, forzando una sonrisa—. Siempre es un placer contar con tu apoyo.
Mi tío Richard, el padre de Victoria, soltó una risita desde un rincón. —El chico tiene antecedentes, eso hay que decirlo.
—¿Antecedentes? —mi padre dejó el vaso con más fuerza de la necesaria—. El año pasado escogimos a una mujer perfectamente adecuada para él y el compromiso fue anunciado públicamente, por el amor de Dios. Pero, ¿qué pasó después, Alexander?
Aflojé ligeramente mi corbata. —Papá…
—Lo canceló dos semanas antes de la boda —siguió, dirigiéndose al resto como si yo no estuviera presente—. La fusión casi se nos viene abajo por eso.
La tía Patricia ahogó un grito escandalizado. —¿Hablas de Penélope Langford? Una chica tan encantadora y de tan buena familia. ¡Qué lástima!
—No era la mujer adecuada para mí —repliqué con firmeza.
Valentina por fin se separó del móvil. —No le gustaba, dijo que le recordaba a una hoja de cálculo corporativa: técnicamente perfecta, pero aburridísima.
—Gracias por compartir eso, Val —murmuré.
Mi hermana se encogió de hombros y volvió a su pantalla. —Solo digo la verdad.
El abuelo Harold golpeó otra vez con el bastón.
—Basta. Las condiciones son simples, Alexander se casará en seis meses o Victoria recibirá mi paquete de acciones de control.
Victoria estuvo a punto de derramar el champán por la emoción. —¿De verdad, abuelo? ¿Me darías el control?
Su marido, Thomas, se irguió en el asiento, casi se podían ver los signos de dólar dibujados en sus ojos.
—No me partí el lomo durante cuarenta años para que tu marido destroce la empresa desde su firma de inversión —le soltó el abuelo a Victoria—. Pero al menos tú sí entiendes lo que es el compromiso.
Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro sobre la alfombra persa.
—Esto es absurdo, ¿reducirá el futuro del negocio familiar a que yo me case o no? ¿En qué siglo vivimos?
—En el siglo en el que las acciones tienen consecuencias —replicó—. Victoria podrá ser insufrible…
—¡Eh! —protestó ella.
—…pero es estable y está casada, es una mujer comprometida.
La sonrisa de Victoria regresó.
—Admítelo, Alexander. No podrías comprometerte con una mujer ni aunque se te fuera la vida en ello. Ahora se te irá la carrera en eso, ya todos sabemos cómo va a acabar.
Algo se rompió dentro de mí; había aguantado sus burlas durante años, pero esto era distinto, me estaba jugando mi trabajo, mi vida.
—¿Sabes qué, Victoria? Te equivocas.
—¿Ah, sí? —removió el champán en su copa—. Nombra una sola relación que hayas tenido que durase más que un trimestre fiscal.
Mi primo Matthew, que hasta entonces se había limitado a observar el espectáculo, silbó en voz baja.
—No puedes rebatir eso, Alex.
Enderecé los hombros. —Lo haré, me casaré en menos de seis meses.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
—¿Con quién? —preguntó mi padre, escéptico.
—Ya lo resolveré.
Victoria rompió a reír de nuevo. —Esto es demasiado. Alexander Carter, CEO y soltero de oro, desesperado por conseguir esposa. ¿Ponemos un anuncio en los clasificados?
Thomas se sumó a la broma. —Podríamos empezar a entrevistar candidatas y hacer una lista corta.
—No necesito ayuda para encontrar a alguien —dije entre dientes.
Mi tía Elizabeth, que llevaba rato tejiendo en un rincón, por fin levantó la vista.
—¿Y esa directora de PR tan simpática de tu empresa? Jennifer, algo…
—Está casada, mamá —intervino Victoria.
—Oh. Bueno, ¿y tu asistente?
—No voy a casarme con mi asistente, tía Elizabeth.
El abuelo Harold alzó la mano, pidiendo silencio. —Las condiciones están fijadas, serán seis meses a partir de hoy.
Mi tío Richard levantó la copa. —Por las inminentes nupcias de Alexander, que encuentre novia antes de que Victoria se quede con su despacho.
Victoria chocó su copa con la de su padre.
—Ya estoy pensando dónde voy a poner mi nuevo escritorio.
Apreté la mandíbula. —Disfruta la fantasía mientras puedas, prima. Porque no voy a perder la empresa.
—Seis meses, Alexander —me recordó el abuelo—. La cuenta regresiva empieza a correr ahora.