Capítulo 86
A la mañana siguiente, cuando Augusto despertó, la cama a su lado ya estaba vacía. Extendió el brazo, palpando la sábana aún tibia, y sonrió al imaginar que ella había salido en silencio para no despertarlo.
Se sentó en la cama, bostezó, y miró por la ventana: el sol ya iluminaba el campo con una delicadeza que solo ese lugar parecía tener.
Se levantó, se puso una camisa ligera y fue a la cocina. La mermelada de guayaba sobre la mesa lo hizo sonreír de nuevo, ella debía haberla deja