Capítulo 67
Mientras tanto, en Roma, Estela caminaba de un lado a otro en su habitación sofocante y sin gracia. El tictac del reloj en la pared era lo único que rompía el silencio asfixiante. Ya había contado las horas tantas veces que hasta las manecillas parecían burlarse de ella.
— Si hubiera sabido que me iban a internar, habría fingido estar bien… me habría controlado — murmuró, los ojos llenos de rabia.
Realmente había tenido un brote, pero no imaginaba que el precio sería tan alto. El lugar era un manicomio asqueroso, con olor a desinfectante viejo y miradas vacías por todas partes. La trataban como si fuera despreciable, y no soportaba eso.
Se sentó en la cama estrecha y miró la puerta cerrada con amargura. Estaba contando los días, los minutos… Pronto saldría de allí. Y cuando saliera, todos pagarían. Uno a uno.
— Necesito saber si esa inútil de Cleuza hizo lo que le pedí… — murmuró Estela, cruzando los brazos y mirando al techo descascarado con un brillo sombrío en los ojos.