Miel
Ojalá hubiera podido decir que prevalecí en mi terquedad al negarme a comer su comida. Pero, desafortunadamente para mí, era humana, y estaba jodidamente muerta de hambre. Así que comí. Comí cada pequeña migaja en mi plato. Aunque sí lo ignoré. Completamente. Como si el bastardo ni siquiera estuviera allí.
Si cometí un error al regatear con él, estaba por verse. Elegí ignorar la punzante advertencia que arañaba contra mi columna vertebral diciéndome que cualquier tipo de trato con Santos e