14. Un escudo no solicitado
Noah abrió los ojos lentamente. El borde de la gastada fotografía se detuvo a escasos centímetros de la punta de su nariz. Dos dedos enormes, cubiertos por guantes de cuero negro, sujetaban el papel con una precisión absoluta.
La respiración de Noah seguía agitada. Miró aquella mano firme y luego desvió la vista hacia la figura de Nathan. El guardaespaldas estaba de pie, erguido junto a su silla. Su rostro, marcado por cicatrices, no reflejaba absolutamente ninguna emoción.
Sebastian esbozó una