El peso del cuerpo de Luca sobre mi cadera y el brazo de Félix rodeándome la cintura con una posesividad de hierro deberían haberme devuelto la paz tras la tormenta de la noche. La suite principal estaba sumida en una penumbra gélida, apenas iluminada por la luz azulada y neblinosa que se filtraba antes del amanecer por los ventanales del balcón. La cama era un desorden de sábanas revueltas, impregnada con el aroma a sexo, sudor y fluidos que marcaban mi piel como un pacto invisible de pertenen