Mundo ficciónIniciar sesiónMario
Joder. Nunca en mi vida había sentido una vagina tan buena. Puedo decir que no la han follado como es debido en mucho tiempo. Probablemente nunca. Es una pena que no haya sentido antes la embriagadora mezcla de dolor y placer. Pero le mostraré lo que su cuerpo realmente puede sentir. Después de agarrarla por la nuca, me adentro en su apretada vagina, cada embestida alimenta mi obsesión. Sabía que aceptaría mi apuesta. Siempre ha sido competitiva, y en el pasado me ha ganado, pero esta noche no ganará. No bromeaba cuando dije que la haría gritar de placer y que disfrutaría cada segundo. —Eso es. Coge mi polla como una buena putita —susurro, lo que parece calentarla más. Me doy cuenta de que es de las que le gusta que le hablen sucio. —Que te jodan —responde apenas conteniendo un gemido Le doy una palmada en el trasero y suelta un grito de sorpresa. —Así que Nelson no supo criarte, eh? —me inclino para susurrarle al oído—. No te preocupes, conejita. Te entrenaré para que seas una buena y sumisa chica para mí. Chupándole el lóbulo de la oreja, siento cómo su coño se humedece. Joder, está tan mojada, y sus fluidos me chorrean por los muslos. Sin duda, tendré que follármela otra vez. Esto no bastará para satisfacer la necesidad que he estado acumulando desde que estábamos en la preparatoria. La lujuria y la satisfacción palpitan en mis venas mientras entierro mis dedos en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la penetro como si no hubiera tenido sexo en años. Y yo no. Al menos, no nada parecido a lo suyo. Admito que está haciendo un buen trabajo conteniendo sus gemidos, puedo sentirlo en la tensión de su cuerpo, en la forma en que aprieta los dientes, pero todo eso está a punto de terminar. —¡Qué chica tan testaruda! —exclamo. Chasqueo la lengua con una risa burlona—. No querría que te rompieras un diente, conejita. ¿Qué esperas para aceptar tu derrota? Ella sacude la cabeza frenéticamente, y yo aprieto mi agarre sobre su cuello, manteniéndola quieta. —Veo que tendré que obigarte a hacerlo. Me retiro, ajustando mis caderas para apuntar a su punto G, y la penetro de nuevo. Un jadeo escapa de sus labios, pero ya no tengo piedad. Esta vagina es mía para destrozarla. La penetré sin remordimientos, cada embestida de mis caderas más fuerte que la anterior. Finalmente, dejó escapar un gemido entrecortado, un sonido que fue música para mis oídos. Sentí cómo su cuerpo se tensaba al darse cuenta de que acababa de perder, pero en lugar de comportarse como una mala perdedora, echó sus nalgas contra mí. —¡Joder, sí! —gimió por fin, extendiendo la mano para frotar su clítoris en círculos rápidos. Quiero sentir cómo su coño me exprime hasta haber terminado con ella—. Me voy a correr —gimotea. —Hazlo —ordeno con un gruñido. No tiene más remedio que obedecer mientras su coño se contrae alrededor de mi pene y sus fluidos se derraman sobre mí. No puedo reprimir la sonrisa salvaje que se dibuja en mi rostro mientras sigo follándola con fuerza durante su orgasmo, provocando que más gemidos, quejidos y súplicas broten de sus labios como un maldito grifo. Cada sonido me acerca más y más a mi liberación. —¿Estás tomando anticonceptivos? —pregunto con voz ronca. —N-No —balbucea, su cuerpo se queda inmóvil al darse cuenta de lo que está sucediendo—. Espera, Mario. No puedes... Pero es demasiado tarde para detenerme. Mis testículos se tensan y, con un gemido gutural, lleno su pequeña vagina con mi semen. No tengo la oportunidad de saborear mi polla dentro de su coño lleno de semen antes de que me aparte. —¡No puedo creer que hayas hecho eso, imbécil! ¡Te dije que no estaba tomando anticonceptivos! —grita, lanzándome miradas fulminantes. Inclino la cabeza. —¿Y? ¿Cuál es el problema, conejita? Me pregunto qué podría enfadarla. Pero luego recuerdo que no se da cuenta de que su coño ahora me pertenece. —Ya te dejé follarme sin protección y quién sabe cuántas ETS podrías tener. ¿Y si me quedo embarazada, eh? La idea de mi esperma corriendo hacia su útero ahora mismo hace que mi polla se estremezca pidiendo más. Así es como debía ser, no que ese patético pedazo de m****a que tiene por esposo la embarazara. Le sonrío. —Entonces estarás unida a mí para siempre. ¿No te gusta la idea, conejtia? ¿Que yo te cuide a ti y a nuestro futuro hijo para siempre? —No, no lo necesito —espeta—. Ya tengo un imbécil del que estoy huyendo. No necesito otro. Me erizo, sintiendo cómo la ira burbujea bajo la superficie. —¿Cómo? —pregunto, dándole la oportunidad de corregirse. Sus ojos se abren de miedo, pero no cede— ¿Acabas de compararme con el maldito Andrés Valbuena? ¿Acaso parezco un maldito maltratador de mujeres? —No, pero eres un imbécil controlador que me acosaba ya desde la prepa —replica ella. Antes de que pueda reaccionar, mi mano se desliza para rodear su frágil garganta. Doy un paso adelante, empujándola contra el brazo del sofá, mi polla ahora endurecida presionando contra su vientre. Ella traga saliva con dificultad, mirándome fijamente. —¿Controlador? No. Posesivo. Absolutamente. Ya que perdiste nuestra pequeña apuesta, me perteneces hasta que tu hermano venga a buscarte. Puedo follarte de nuevo, cuando quiera. ¿Y sabes qué? —Golpeo mi polla contra su estómago, untando los restos de mi semen en su piel pálida. Ella observa, un ligero escalofrío recorriéndola. —¿Qué? —pregunta, con la voz apenas audible. Sonrío con picardía. —Creo que lo estarás esperando con ansias. Te gusta rudo, lo sé. Te doy un placer con el que tu patético marido solo podría soñar. Puedes intentar ocultármelo, pero sé que ansías más de mi polla. Y podría dártelo ahora mismo, pero creo que primero quiero que crezca la anticipación —digo, sintiendo cómo mi pene se pone dolorosamente duro de nuevo. Se estremece de nuevo al sentirlo, pero no dice nada. Me gusta imaginar que se está conteniendo para no rogarme que la folle otra vez. Sus pupilas están dilatadas por la lujuria, a pesar de que intenta disimular sus reacciones. Pero hablaba en serio. Yo seré quien decida cuándo vuelva a estar dentro de ella. —Sube a ducharte, conejita. Yo cuidaré de tu bebé hasta que termines —le digo, dirigiéndome a mi oficina antes de que pueda protestar. En cuanto oigo sus pasos resonando escaleras arriba, saco el móvil del bolsillo y marco el número de Damian. Mientras suena, me froto la polla, dura como el acero, a través de los pantalones. La imagen de Manuela, desnuda sobre el sofá, sigue causando estragos en mis dos cabezas. Damian contesta al tercer tono. —¿Qué pasa, bro? —pregunta con voz ronca por el sueño. —Ven. Tengo una sorpresa en mi casa. No vas a creer quién está hoy aquí.






