Mundo ficciónIniciar sesiónMario
Me propuse conseguirle a mi conejita un coche nuevo. Sé que perdió nuestra apuesta, pero aun así quiero cuidarla y asegurarme de que ni ella ni Gabriela tengan que depender jamás del imbécil abusivo que ella se consiguió por marido.
Llego al concesionario en mi moto, el rugido del motor se apaga al bajar el caballete. Al bajarme, veo a un vendedor nervioso que se me acerca en el estacionamiento como un ratón intentando emboscar a un puma.
Él extiende la mano y yo la estrecho, apretándola con la suficiente firmeza para que sepa quién manda aquí, sin apartar la mirada de la suya.
Se le pone la cara pálida.
—Hola, señor. Mi nombre es Roberto. ¿P-puedo ayudarle? —balbucea. Por cómo tiembla, estoy casi seguro de que se va a orinar encima en cualquier momento.
—Sí, claro que sí. Estoy buscando un coche. Con poco consumo, muy seguro, cómodo y atractivo. Que quepan dos... quizás tres niños. No sé, todavía no he decidido cuántos vamos a tener. Ah, y que además tenga un maletero amplio.
Su boca se queda abierta, abriéndose y cerrándose como la de un idiota.
—Espero no estar cayendo en estereotipos —digo, señalándome a mí mismo—. Soy un buen tipo. Planeo sorprender a mi chica, secuestrarla con su consentimiento y llevarla al bosque para divertirnos un rato. Ya sabes, hay que mantener la chispa. Seguro que lo entiendes.
Sí, de lo único que estoy seguro es de que este tipo es tan soso como puede serlo.
Traga saliva con dificultad.
—Por supuesto que no, señor. Eh, tengo varios vehículos que podrían interesarle.
Lo sigo por el estacionamiento, su paso se acelera con cada zancada. Bien. Él quiere que esto termine tanto como yo. Cuando siento que está a punto de detenerse frente a una selección de elegantes minivans, hago una mueca.
—Sí, ni de coña va a conducir una minivan. Sigue caminando, Roberto.
Él asiente rápidamente y me conduce hacia una fila de camiones y todoterrenos.
Tareo en señal de aprobación.
—Ahora sí que es de esto de lo que estoy hablando.
Sé que el color favorito de Manuela es el verde, pero no puedo permitir que conduzca un coche demasiado llamativo. No mientras su marido viva. Por ahora, será negro o plateado. Cuando celebremos la muerte de Andrés, le compraré lo que quiera.
Roberto es un buen chico que sabe que no tengo ganas de quedarme parado escuchándolo hablar sin parar sobre tonterías, mientras intenta engañarme para que compre un auto que no quiero ni necesito. En lugar de eso, me muestra directamente cinco vehículos que se ajustan a mis criterios. Me decido por una Chevrolet Tahoe LT 2024.
Mientras estábamos dentro firmando los papeles, sonó mi teléfono y vi que era un número desconocido. No suelo responder a esa clase de números, pero dadas las circunstancias actuales, me decido a hacerlo por si es algo relacionado con mi conejita. No me equivoco.
—Tiene una llamada de parte de una persona privada de la libertad en la penitenciaría Salvador, ¿recibirá la llamada por cobrar?
No puede ser otro que Nelson.
Respondo con una sonrisa poco amigable.
—Nelson amigo, me alegra recibir llamadas de mi bro más querido, y me ofende que hayas estado demasiado ocupado en la cárcel como para contestar mis llamadas.
Mi voz es lo suficientemente alta como para provocar expresiones de horror en los demás vendedores a nuestro alrededor. Espero que puedan ver en mi rostro lo mucho que me importa.
—Oye, sabes que no estaré aquí por mucho tiempo. Ustedes tienen todo bajo control allí, ¿verdad? —pregunta con un tono que sugiere que, por una vez, el muy canalla está de buen humor. Seguro ha recibido alguna noticia de su abogado con la que ha prometido sacarlo muy pronto, pero solo para cobrarle más. Yo sé muy bien que jamás logrará salir de la penitenciaría Salvador.
—¿Eso es un insulto? —pregunto, arqueando una ceja, aunque él no puede verlo.
Me tomo muy en serio mi trabajo como su matón. Si alguno de sus muchachos se pasa de la raya, lo pongo en su sitio.
Nelson se ríe.
—Claro que no. Pero tengo un favor que pedirte. Sé que Manuela me estuvo llamando ayer —el muy cabrón puede estar encerrado, pero no ha perdido contacto con el mundo exterior y seguro que ha sido su abogado quien le informó sobre la llamada— ¿Puedes ir a ver cómo está? Su mensaje de voz sonaba urgente, como si estuviera en problemas.
Sonrío con saña.
—Ya está hecho, bro. Ella está en mi casa. Tenía problemas con Andrés —digo entre dientes, apretando el bolígrafo con tanta fuerza que se parte por la mitad. Aunque debería contarle exactamente lo que hizo el caribonito de Valbuena, le daré a mi conejita la oportunidad de contárselo ella misma… si es que algún día me decido a decirle en dónde está realmente su hermano.
En ese momento Rodrigo me entrega rápidamente otro bolígrafo, así que sigo rellenando el papeleo.
—¡Qué dices! —ruge, su voz crepitando a través del altavoz, irritándome los putos nervios.
—Ahora está bien, bro, no te preocupes, está en buenas manos.
—¿E-está ahí? —gruñe—. ¿Está contigo en este momento? No sé por qué no me ha dicho nada, que tuviera problemas con ese imbécil. Hemos hablado tantas veces. ¿Por qué demonios no me lo dijo? Lo habría matado hace mucho tiempo.
—No, no está conmigo en este momento, pero no te preocupes. Está en mi casa, descansando, junto con la bebé, pero le pediré que te llame cuando regrese.
Gruñe y me regodeo imaginando su cara de impotencia. Nelson es de los que no resiste el no poder hacer nada y tener que depender de otros, algo a lo que tendrá que irse acostumbrando por el resto de su vida.
—Bien. Tenemos mucho de qué hablar.
Me invade un instinto protector.
—Nelson, bro, no puedes bombardearla con preguntas así. Me costó mucho conseguir que hablara conmigo. No va a sincerarse así como así sobre lo que sea que está pasando con su matrimonio. Solo conseguirás que se cierre en banda.
—Soy su maldito hermano. No actúes como si la conocieras mejor que yo.
La conozco mejor de lo que él cree.
—No estoy pretendiendo nada, pero si la conocieras tan bien como crees, no se habría casado con Andrés, en primer lugar —repliqué, manteniendo un tono de voz firme.
Casi puedo sentir su ira a través del teléfono, pero justo cuando está a punto de gritarme, se oye la voz de un guardia, que le exige colgar.
—Ya mismo —murmura—. Mario, todos ustedes mantendrán a mi hermana a salvo hasta que salga de aquí ¿Entendido?
Sonrío.
—Por supuesto, bro.
Él cuelga y yo guardo el teléfono en el bolsillo.
Joder. Debo hacer algo para extender el tiempo con mi conejita y convencerla de que se quede conmigo. Voy a aprovechar cada segundo. Mi polla ya ansía más de su coño después de haber jugado con ella antes, ¿y por qué no iba a satisfacer sus necesidades? El autocuidado es importante, ¿no?
Volviendo mi atención a Rodrigo, le pregunto si ya casi terminamos.
Él asiente.
—Sí, solo necesitamos hablar de financiación.
Le paso mi tarjeta.
—Voy a pagar todo de una vez. Tengo prisa, así que terminemos con esto.
Rodrigo procesa el pago y me entrega las llaves con una sonrisa nerviosa.
—Gracias por su compra, señor.
Asiento con la cabeza y tomo las llaves de su mano temblorosa.
—Fue un placer hacer negocios contigo, Rodrigo.
Al salir del concesionario me cuestiono si debo cambiar mi aspecto, de manera radical, para poder poner en marcha el plan que tengo de legalizarme por completo y darle a mi conejita la vida que en verdad se merece.







