Su nariz aspira una vez más mi fragancia.
Sus risos dorados cosquillean contra mi mejilla, mientras sus labios rozan deliberadamente la piel sensible de mi garganta.
Siento el peso de su cuerpo duro y cálido sobre el mío, el contraste con el gélido suelo en el que me mantiene retenida por su feroz dominio.
No sé que es lo que lo ha hecho enloquecer y perder el asco que me tenía apenas hacia un simple segundo, pero aquí está, aún sin moverse, como una estatua o un animal aferrado a aquello que m