Capítulo Veintisiete
Un Susurro en la Oscuridad
La habitación estaba silenciosa y fría. El fuego se había extinguido, dejando solo cenizas grises. El Anciano Dorian permanecía inmóvil, mirando el mapa en la pared. Una mano descansaba sobre él, como si intentara aferrarse a algo sólido —algo real—.
La otra mano le temblaba.
Dentro de él, su lobo gruñía, paseándose como una bestia enjaulada. Las venas de su cuello latían como tambores de advertencia. Su lobo arañaba desde el interior de su piel,