CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Kaden se hundió en su silla, con los dedos apretados con fuerza en los reposabrazos mientras los últimos ecos de la risa de Lila se desvanecían en la oscuridad.
Su mente era un campo de batalla: una guerra entre la chispa menguante de su verdadero yo y el agarre aplastante de la magia oscura que estrangulaba su voluntad.
Lo veía todo: su sonrisa burlona, la audacia de su guardia, la forma en que lo convertía en prisionero en su propia casa.
Pero no podía hacer nada.
Su