CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
Lucian asintió.
—Conseguiremos pruebas. Estamos cerca.
Los ojos dorados de Damian ardieron.
—Bien. Porque la próxima vez… nadie me detendrá.
Salió como una tormenta, cerrando la puerta de golpe tras de sí.
Lilian se derrumbó en la silla, sollozando suavemente… ya no por culpa, sino por alivio. La verdad había salido a la luz. Y la justicia se acercaba.
La noche envolvió la casa de la manada en un manto de silencio. Pero bajo la calma, intenciones mortales se agitaban.