Capítulo 30: Un toque de cristal

Reyland ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.

—Ya lo has dicho antes. No tienes por qué esperar conmigo. Solo te retrasaré. Debes de tener las piernas heladas o entumecidas. Es peor si están entumecidas.

—Están entumecidas —respondió Marian con tono seco.

—¿Qué? ¿Por qué no...? —Reyland la miró fijamente, con sus pequeños ojos muy abiertos y las mejillas temblorosas mientras le temblaban los labios.

Cerró los ojos y aspiró, de nuevo.

—Entra. Yo iré detrás de

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