¡Zas!
El sonido de una bofetada rotunda retumbó en la sala de la mansión de la familia de Mónica. La cabeza de la joven se desvió con brusquedad hacia un lado. Su cabello, siempre impecable, cayó desordenado sobre su rostro, ocultando parte de la mejilla que empezaba a encenderse en un tono carmesí. No lloró ni emitió un solo quejido; se limitó a clavar una mirada vacía en la alfombra de terciopelo que cubría el suelo.
Frente a ella, el señor Bram, su padre, respiraba con agitación, con el rost