—¡Elena! ¡¿Dónde estás?! —la voz de Diego se elevó, rompiendo instantáneamente el silencio de la casa en cuanto la puerta principal se cerró de un portazo.
Elena apareció desde la cocina, vestida con un camisón cómodo y con un trapo de cocina todavía entre los dedos. Sus pasos se detuvieron en el umbral de la sala. Su mirada se clavó en el aspecto de Diego: el saco de su traje estaba empapado en los hombros por la llovizna, su cabello lucía desordenado y su pecho subía y bajaba con rapidez.
—¿D