La atmósfera dentro del despacho de Diego se volvió tan abrumadora yang hasta el tic-tac del reloj de pared resonaba como un estruendo ensordecedor. Diego seguía inmóvil junto a su escritorio, con la mirada afilada clavada en cada movimiento de Mónica. Frente a él, Mónica respiraba de forma entrecortada, con las manos agitadas por un violento temblor mientras sostenía el frasco de medicina pegado a sus labios.
—Mónica, baja ese frasco —dijo Diego. Su voz ya no era un grito, sino que adoptó un t