—Diego, necesito hablar contigo. A solas.
Diego no se inmutó. La distancia entre ellos era tan corta que podía percibir el aroma del perfume de Mónica: una fragancia intensa que en ese momento le resultaba completamente nauseabunda. Las palabras de la mujer flotaban en el aire del pasillo ejecutivo, densas y cargadas de veneno.
—No puedo, tengo una reunión —respondió Diego con frialdad.
—Tienes exactamente diez segundos para decidir, Diego —insistió Mónica, manteniendo intacta su sonrisa cínica