—¿Cuánto tiempo más vas a quedarte mirando esa pantalla como un idiota, Brian?
La voz de Diego rompió el silencio de la fría sala de control. La habitación estaba inundada por monitores que emitían una luz azul pálida, mostrando miles de coordenadas y grabaciones visuales de diversos rincones de la ciudad. Brian, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, giró la cabeza con rigidez.
—Hemos rastreado un radio de diez kilómetros desde el hospital, señor. Pero es como un fantasma. No