—Elena —llamó Diego, rompiendo el silencio del auto—, lo siento.
Elena se giró hacia él, confundida. —¿Lo sientes por qué?
—Te oculté el paradero de la abuela Hilda durante estos dos últimos meses —respondió Diego, soltando un leve suspiro—. Su estado era alarmante tras el incendio en su vecindario. No quería que te estresaras ni te angustiaras estando en las primeras semanas de embarazo. Ahora que se ha recuperado por completo, decidí traerte conmigo.
Elena se quedó atónita, y sus ojos se cris