Al día siguiente, exactamente a la una de la tarde, la tensión en la residencia principal de la familia Alvarez llegó a su punto máximo. Mónica estaba de pie frente al gran espejo de su habitación, acomodándose el saco de un rojo encendido que llevaba puesto.
Su teléfono vibró. Entró una llamada.
—¿Y bien? ¿Está todo listo? —preguntó Mónica sin rodeos en cuanto respondió.
—Todo listo, señorita Mónica —respondió la voz al otro lado de la línea—. Nuestro personal de administración ya cambió el fr