La puerta de la habitación se abrió con un leve crujido. Doña Minah entró a paso lento mientras sostenía una bandeja con un tazón de budín. Después de recostar a Elena en el borde de la cama con sumo cuidado, Diego tomó la bandeja en sus manos.
—Déjala aquí, nana. Puedes retirarte —ordenó Diego sin volverse a mirarla.
—Entendido, señor —susurró doña Minah, apresurándose a salir antes de cerrar la puerta por completo.
La habitación quedó sumida en un repentino silencio, donde solo se escuchaba e