—Hice... hice lo que tenía que hacer, Elena.
La atmósfera dentro de la habitación de lujo se volvió asfixiante de repente. Diego se quedó paralizado, con la mano aún envolviendo los dedos fríos de Elena. Había creído que ella seguía sumida en el sueño profundo de los sedantes, pero el susurro débil de la mujer demostraba que su conciencia había regresado mucho antes de lo previsto por los médicos.
Elena abrió los ojos lentamente. Su visión todavía era borrosa, pero podía sentir la presencia de