El eco de aquel grito resonó por el pasillo de la planta ejecutiva, habitualmente sumido en el silencio. Diego detuvo sus pasos justo frente a las puertas del ascensor, pero no se volvió. Sabía perfectamente a quién pertenecía esa voz: Sebastian, su mano derecha, un hombre siempre sereno que ahora parecía haber perdido los estribos al ver a su jefe cargando a una Elena pálida en pleno horario de oficina.
—¡Señor Diego! ¡¿A dónde va?! ¡Tiene una reunión con la junta directiva en diez minutos! —