Mónica estaba frente a la puerta de madera de la oficina de Diego. Sus manos temblaban por una furia incontenible. Intentó girar el pomo, pero la puerta no cedió.
Cerrada por dentro.
Mónica pegó el oído a la madera, pero solo percibió un silencio asfixiante. —¡Maldita sea! —maldijo entre dientes, golpeando el suelo con su tacón—. ¿Cómo puede cerrar la puerta? ¡Debería haber echado a esa mujer a patadas!
Con el rostro encendido de rabia, corrió hacia su oficina. Una vez dentro, dio un portazo y