Dentro del silencio de su oficina privada, Diego sentó a Elena en el sofá de cuero. Aún mantenía su saco envuelto firmemente sobre el cuerpo tembloroso de ella. Diego se arrodilló frente a ella, tomando sus manos frías como el hielo, mirándola con una intensidad que nunca antes había mostrado.
—Dime, Elena. ¿Qué pasó exactamente? No me ocultes nada —ordenó Diego, su voz ahora suave pero firme.
Elena tragó saliva con dificultad, las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. —I-iba hacia la of