—Si no puedes caminar, dilo. No te hagas la fuerte —dijo Arez con voz fría, mientras sus pasos resonaban en el silencioso estacionamiento del sótano.
Elena no respondió. Aferrar el saco negro de Arez contra su pecho se sentía cada vez más pesado. Sus pasos eran inestables, sentía que su cuerpo flotaba y la vista se le comenzaba a nublar. El piso de cemento parecía ondularse ante sus ojos.
A Elena le fallaron las fuerzas. Las rodillas se le doblaron sin más y su cuerpo comenzó a desplomarse.
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