"—Tu pregunta es absurda, Elena —dijo Arez. Su voz era plana, sin el menor rastro de pánico.
Elena apretó el agarre alrededor de la muñeca de Arez.
—Respóndame, señor. No cambie de tema.
Arez se liberó de la presión de la mano de Elena con un movimiento lento. Se ajustó las gafas y se reclinó contra el respaldo del asiento del conductor.
—Te vi quitar las cebolletas del almuerzo en la cafetería de la oficina el mes pasado —dijo Arez con tranquilidad—. En cuanto a la forma de cargar a alguien, c