—Bébete esto ahora mismo o te lo doy yo en la boca delante de todos —dijo Arez. Su voz no era alta, pero bastó para cortar el silencio que reinaba alrededor del escritorio de Elena.
Las mejillas de Elena ardieron al instante. Podía sentir las miradas fijas de varios compañeros de trabajo en los cubículos adyacentes, quienes fingían estar ocupados mirando las pantallas de sus ordenadores.
—Señor Arez, por favor, baje la voz —susurró Elena con la mirada baja.
—No me gusta repetirme, Elena. Solo t