El alba no llegó solo con la luz del sol; llegó con una voz. La voz de la anciana, que, con un fervor que había reemplazado el miedo en sus ojos, corrió de la cabaña a su aldea, y de ahí a la siguiente. La noticia se esparció como un incendio forestal. No con susurros, sino con gritos de alegría. El rey ha vuelto. Y con él, la chica de la profecía, la que uniría los reinos. Los ancianos, los granjeros, los cazadores, todos los que vivían en las sombras del bosque, escucharon la voz y sintieron que sus corazones se llenaban de una esperanza que creían perdida.
El pequeño claro alrededor de la cabaña, que había sido solo un lugar de refugio, se convirtió en un santuario. Un torrente de gente, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se acercó a la cabaña. No venían con miedo, sino con la misma fe que había iluminado el rostro de la anciana. La gente traía lo que tenía: gallinas, patatas, pan duro, mantas, armas de caza oxidadas y hachas que habían sido usadas para cortar leña por generacione