El viento gélido de la madrugada cortaba sus rostros, pero el frío era un castigo menor comparado con la frustración que pesaba en los hombros de Wolf. El plan, la culminación de meses de entrenamiento y esperanza, se había desmoronado en cuestión de segundos. La misión no era suicida porque fallara, sino porque Haldor había jugado con ellos. El rey usurpador había demostrado ser no solo un tirano, sino también un estratega formidable, y la derrota era un trago amargo.
Con cada paso, el grupo de guerreros de Wolf sentía el peso del fracaso. Sus cuerpos estaban exhaustos, sus mentes atormentadas por la imagen del campamento enemigo en estado de alerta. El silencio era el único compañero en su viaje. Nadie hablaba, pues las palabras no eran suficientes para expresar la angustia del momento.
La aparición de la cabaña, un simple refugio de madera y piedra, fue un regalo inesperado. Era un faro de esperanza en un mar de oscuridad, y el olor a humo que salía de su chimenea era un bálsamo par